A pesar del ardor bajo los párpados y la percepción distante del entorno me resulta imposible cerrar los ojos y abandonarme al sueño. La temperatura cambia según me muevo a través de mi pequeña casa alejándome o acortando la distancia a la pared donde está empotrado el aire acondicionado, que de cualquier forma, es viejo y lucha exiguamente contra el calor y la humedad que asedian la casa desde el mar.

Hay cerveza en el refrigerador, libros que reclaman mi atención, café frío. Todo me está vedado, mi mujer duerme en el cuarto después de haber padecido su propio infierno hace unas horas. Me mantengo sobre el sillón como reptando en la piel de un animal muerto de dimensiones aterradoras. Leo un libro en la pantalla cuarteada para no encender ninguna luz. Ahora me siento bien. La madrugada es una vieja conocida con la que no suelo reñir, pero últimamente he cometido la estupidez de no dormir por las mañanas y comienza a pesarme. Las ideas para dibujar me asaltan justo ahora pero se desvanecerán frente al papel, y los apuntes que logro sobre la breve pantalla son más bien mediocres. Lo importante es no abandonar cada concepto, aferrarse a un trazo por deleznable que resulte y construir a partir de esos esquemas.

Me he enterado de que Paco Taibo y brigada que lo apuntala, traerán a la Feria del Libro del Zócalo, entre otros autores, a Valerio Massimo Manfredi. ¡Qué ganas de estar allá y escucharlo hablar! Acercarme y pedirle que firme alguna de las novelas que guardo con cariño porque son lo único que me queda de mi tío muerto, además de los recuerdos de conciertos que no acabo de aterrizar en historias coherentes y se van difuminando con el tiempo, mezclándose con la dosis de ficción añadida. Recuerdo a mi tío sentado a la mesa con su tarro de café leyendo Aléxandros sin levantarse hasta terminar. ¿Le contaría eso a Valerio Massimo? Seguramente no. Como tampoco me acerqué hace tiempo a Genne Simmons o a Paul Stanley, hospedados en el hotel donde trabajaba, para contarles lo mucho que significó para Enrique ver al fin la reunión de los miembros originales de Kiss veinte años antes. No asistí, como mis excompañeros, al «meet and greet» que hicieron para el staff. Ni al escritor ni a los músicos les interesan mis recuerdos. Acaso tampoco suciten el interés de quienes leen lo que de vez en cuando redacto acá.

Procuro no extenderme, sé que nada de lo que escribo es necesario,  que sobran textos en la red. Justo ahora no me queda otra opción, reducido como me encuentro al silencio, la oscuridad, y la superficie del animal descomunal que imagino al moverme, saltando al piso para dar algunos pasos y comprobar que mi mujer duerme profundamente a pesar de los.perros vecinos y los imbéciles que conducen sus coches con el volumen a tope. En un rato será otro día. Desde ahora me estoy viendo quitar el polvo a los viejos libros de Manfredi, porque también quisiera regresar a Los idus de marzo.

Temporadas hay en que le da al viento por ensañarse y azotar con insistencia la ventana o mostrar los dientes bajo la puerta. Los perros lo secundan ladrando desde la enloquecida condición del encierro y el tedio. No faltan las sirenas que se acercan o permanecen reverberando en el fondo acústico, como recordatorio de que la desgracia ronda y se tragará a alguien que al menos hoy, no eres tú. Siempre hay estruendo para acompañar la madrugada bajo la luz tenue de la lámpara. Así no hay quien duerma. Ni de ninguna otra forma, hasta que amanezca.

Afortunadamente, siempre estarán los libros para apuntalar la tenaz práctica del insomnio. La oportunidad de compartir la experiencia con otros exploradores de madrugadas a través de las palabras.

Fotografía: María del Pilar Bucio.

El origen de la distancia

Ayer por la noche recibí una generosa invitación para acudir a un evento al que lamentablemente no podré asistir. Me aflige que la distancia entre mi pueblo adoptivo y mi barrio natal pueda ser cubierta sólo una vez al año por mis magros recursos pecuniarios; más aún que la fecha de mi visita más reciente no coincidiera con la exposición de Donají Martínez en el Centro de la Juventud, Arte y Cultura Futurama.

No puedo sino animar a mis camaradas que habitan la Vieja ciudad de Hierro, y a quienes han sido desplazados por la creciente gentrificación a sitios poco alejados de la Ciudad Monstruo a que asistan.
Presenciar las imágenes lúdicas que Donají reproduce empleando diversos soportes y técnicas que ha llegado a dominar tras la investigación, ensayo tenaz y búsqueda de un mundo lúdico propio, que la ha llevado incluso a ejercitar su mirada inquieta al otro lado del mar, será una experiencia grata y transformadora para quienes la acompañen. Espero tener en un futuro cercano ese privilegio. He admirado desde hace un par de años el trabajo que realiza y comparte en su cuenta de Facebook, y recientemente he paseado la imaginación en una cuenta de Instagram que muestra algunas imágenes de su producción.

«El origen de la distancia» es el nombre de la colección que presentará desde mañana a partir de las seis de la tarde. Y desde la distante encrucijada del país donde intersectan el desierto y dos mares, me entusiasma extender la amable invitación de Donají a ser partícipes del mundo onírico que la habita. Que asoma volviendo con sus colores un poco menos oscuro éste, donde vivimos nosotros.

17203887_1275192612575829_1220693703_n

Cuba Stone

Tengo una camiseta jodidísima con el logo de los Rolling Stones. Apenas un álbum en vivo que ni siquiera puedo pasar a digital porque está protegido para que no copies las rolas. Chale. Tengo un libro con fotografías de Fernando Aceves, que compré en el Museo de Arte Moderno del extinto D.F. una mañana en que me dio hueva ir a trabajar. En vez de caerle al hotel donde camellaba, me lancé a los museos que estaban cerca. Casi me lo regalaron, estaba en un botadero junto a otras publicaciones de pintores y diseñadores. Compré varios libros esa vez y ninguno me costó más de diez devaluados varos. De la sesión que realizó Aceves en el ex Templo de San Lázaro, da cuenta Jordi Soler en uno de sus cuentos de «La cantante descalza y otros casos oscuros del rock». Poseo la edición especial dedicada a los Stones en una revista tristemente desaparecida, dirigida por un sujeto tristemente aún en activo. Y acabo de leer Cuba Stone, un libro publicado por Tusquets.
No me considero fan de la banda. Ni siquiera he escuchado su discografía completa y sólo he asistido a uno de sus espectáculos en México; el primero, que todos pensábamos sería también el último. Enrique, mi tío con el que solía parrandear y acudir a conciertos, no vivió para saber que un día los Rolling Stones tocarían en la isla. Con él fui a admirar con curiosidad a las viejas Piedras, a corear algunas de sus rolas integradas en mi cabeza desde la niñez tras haberlas asimilado en «Rock a la Rolling». Un programa de radio que escuchaban mi tío y sus compas. Junto a él, -que los disfrutó horrores-, me hice pendejo cuando abrieron los Caifanes. Por entonces me sentía muy true, y qué pinche quemada andar cantando o disfrutando las rolas de esos fresas que ahora traigo en el walkman.

Nos dice Jeremías Gamboa citando a Juan Villoro: «Los Rolling Stones son un mecanismo para medir el tiempo». Junto a Joselo y Javier Sinay, entrega un libro de crónicas por demás interesante y entretenido. Probablemente después vendrán los estudios sociológicos o económicos acerca de la implicación de un evento de tal naturaleza en un territorio que apenas se asoma al mundo globalizado. Acá no hay nada de eso. Los textos están llenos de recuerdos, de personajes entrañables que a uno le cuesta creer que son reales y andan por ahí, realizando el diario esfuerzo por subsistir, divertirse, crear música y llenar sus días de acordes bravos. Lo mismo que cualquiera de nosotros, en un entorno diferente.
Me emocioné con la lectura y junté mis pocas pertenencias con la lengua afuera. No soy, ya lo advertí, un fan dedicado y difícilmente podría hablar del legado Stone. Pero como millones de personas alrededor del mundo y varias décadas, tengo recuerdos amalgamados a los acordes de las viejas Piedras. Acaso por ello su logo modificado de las más diversas formas me entusiasma.
Si tienen oportunidad de darse el rol por las páginas de Cuba Stone, seguro que no se arrepienten. No voy a incitarlos a que pongan el álbum que más les guste de sus Satánicas Majestades y lubriquen el paso de las páginas con la bebida espirituosa de su preferencia, pero allá la mala cabeza de cada quien.

20170308_171153-1.jpg

La inocultable ignorancia

[Tab] Busco N6-metiladenosina

Si alguien tiene este reactivo quisieramos solicitar un prestamo en lo que
realizamos nuestro propio pedido.
Gracias por su colaboracion.
Saludos,
Dr…

serveimage

Algunas tardes me extravío leyendo notas en el tablero de anuncios del Foro Libre de Bioquímica en México. Mi escasa o nula comprensión de cuanto se comparte en el sitio, pone en marcha la frustración de quien se encuentra ante un mensaje encriptado. No solamente me torturo ahí, también ingreso en sitios donde comparten información programadores, físicos, estudiantes y profesores de matemáticas avanzadas; en cualquier resquicio de la red que me revele la completa ignorancia que tengo del mundo. Ni siquiera puedo redactar este mensaje en el blog utilizando el código HTML que lo configura. A menudo en textos de filosofía me encuentro ante conceptos que me obligan a leer y releer para vislumbrar apenas un camino a seguir. Siempre hay una referencia que hallar, un antecedente del que no tengo noción y me obliga a reiniciar la búsqueda. Entonces regreso a las lecturas habituales con la certeza de ser ajeno a ese cúmulo de saberes que está a unos pasos.

Es un buen ejercicio para recordar la ínfima cantidad de conocimientos que he adquirido. Me siento aliviado, libre, con el ego muerto y la pedantería arrumbada en un rincón polvoriento del librero. También sirve para alimentar la curiosidad: hay personas escribiendo, experimentando, compartiendo ideas desconocidas para mí que a ellos les son familiares y ordinarias. Es como la primera vez que se engarzan las letras y se descubre un lugar novedoso en la tierra. Hasta antes de ello cada símbolo tiene un dejo de misterio, pero mientras se avanza hay encuentros que ocasionalmente resultarán indelebles. En esa ingente cantidad de información a la que no podemos acceder aunque se encuentra a la mano, radica un misterio similar. Tenemos demasiado por indagar, en una vida que para acometer esa labor resulta breve.