Para leer, comentar y compartir.

Vine al blog porque me dijeron que acá estaba mi memoria. Es un motivo lleno de trampas, puestos a ello el registro de las ideas se ha desperdigado por las redes sociales y amontona papeles donde se trazaron piezas de mi mente que ya no me pertenecen.

Aquí mismo existen vínculos a esos otros receptáculos de las formas y conceptos que me habitan, o que lo hicieron y ya han partido en busca de su propio sostén. Esas ideas e imágenes son ya de todos.

Vine acá para hilar frases como quien susurra para despertar a un muerto. El viejo blog se resiste a hundir el verbo gris en la nada vergonzosa, a cortar la lengua negra, escupirla y olvidarla como un mal sueño; de esos que abundan en este año aciago.

Acá seguimos por mera terquedad.

A un gato

No son más silenciosos los espejos
ni más furtiva el alba aventurera;
eres, bajo la luna, esa pantera
que nos es dado divisar de lejos.
Por obra indescifrable de un decreto
divino, te buscamos vanamente;
más remoto que el Ganges y el poniente,
tuya es la soledad, tuyo el secreto.
Tu lomo condesciende a la morosa
caricia de mi mano. Has admitido,
desde esa eternidad que ya es olvido,
el amor de la mano recelosa.
En otro tiempo estás. Eres el dueño
de un ámbito cerrado como un sueño.

Jorge Luis Borges

Shades

Afuera.

Más allá de la frontera del jardín se encuentra el mundo hostil del que extraño muy poco. La trampa que tiende es ingenua, y su visión anticipada permite que desde la trinchera de un teclado y una tableta gráfica realice los cambios pertinentes para trazar el entorno que elijo habitar. Así el mundo no es ya lo que se me impone, sino un mecanismo que voy construyendo para resistir cada amanecer. Si logro llegar al final del día sin perder la cordura, entonces ha sido una jornada productiva.  Más allá del jardín que resiste a su vez la sequía, todo sucede a un tiempo de vértigo. Cada individuo busca la mejor manera de adaptarse y continuar en el breve espacio que le corresponde, transformándolo según las herramientas a su disposición o aceptando su influencia conforme va sucediendo.  Yo tengo un teclado, pixeles, colores líquidos, recortes de cartón y periódicos viejos.

Este es un año insólito que se ha ido extraviando y aparecerá en un futuro reseñado como un mal sueño que nos condicionó a replantearnos cada aspecto de nuestra existencia y la interacción con los demás. A pensar en el espacio que nos rodea, lo que hay afuera de nuestros muros y de nosotros mismos.

por

La nueva normalidad

Han pasado tantos días desde la última vez que redacté algo en esta bitácora que me parece estar en otro mundo. Desde luego esta es poco más que una metáfora, el mundo que habito es distinto en muchas formas; piso un territorio más hostil y con menos certidumbres que el otro de allá afuera hace unos meses. Nadie sabe qué viene a continuación, cómo nos relacionaremos ahora que el contacto antes cotidiano puede literalmente convertirse en un escalón hacia la enfermedad y la muerte; qué habremos de hacer para mantener un techo sobre nuestras cabezas y algo de alimento en la mesa, una vez que la brutal recesión económica ya en marcha nos reciba tras el confinamiento.

Oficialmente ahora soy una cifra. Un elemento más añadido a los millones de individuos que alimentan y hacen más amplia la brecha del desempleo en el mundo nuevo, un poco distinto al anterior pero todavía similar en cuanto a la inequitativa distribución de los recursos.

No me quejo. Algo hay todavía para ir tirando, y desde luego sería peor engrosar las estadísticas de enfermedad o decesos. Dentro de los desempleados me encuentro aún en una posición de privilegio, el hambre no me persigue y puedo libremente redactar esta bitácora. Seguir trazando lineas, amontonando palabras y colores. Mi voz lanzada al mundo tiene crédito para continuar.

El futuro con su nueva normalidad llegará, o quizá no. Mientras sólo queda aguardar sin alterarse.

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Se ha ido el invierno

Date cuenta, carajo: un tipo de tu edad es descrito como un cuerpo en ruinas para quien no hay más futuro que el lecho de muerte, mientras tú te aferras a mirarte a ti mismo como alguien a quien aún le falta mucho por vivir, el poseedor de un mañana casi ilimitado, cuando la realidad es que a estas alturas tu pasado ya es mucho más extenso que tu futuro.

Daniel Salinas Basave

 

La vitalidad que irradia el sol bajo el Trópico de Cáncer invita contra toda restricción sanitaria a salir en busca del mar. Por el contrario todo espacio abierto ha sido abandonado casi en su totalidad, y un silencio que no por necesario deja de ser inquietante se extiende por calles, playas y edificaciones. Soy uno de los pocos que aún se trasladan a través de un pueblo fantasmal (Cabo San Lucas a pesar de su meticulosa propaganda mediática, está muy lejos de ser una ciudad) para encerrarse ocho horas detrás de un escritorio, en espera de mensajes que llegan a cuentagotas. Probablemente sea la razón por la que insisto en arrojar palabras con la más terca insistencia. Propago una perorata que hace mucho se me pudrió silente en el hocico, que me haría más daño entre los dedos que el virus conjurado mediante el constante lavado de manos. Escribir es una infección controlable pero imposible de erradicar. Acecha inactiva para arremeter en el momento menos esperado. 

Ser ordenado, redactar con disciplina atendiendo los detalles al verter el poco entendimiento de lo que previamente se ha leído, intentando aportar algo ahí donde ya se ha dicho todo. Escribir es un oficio que requiere tiempo de aprendizaje y muchas horas de práctica igual que cualquier otro. Por ello es inútil inscribirse a talleres impartidos por escritores renombrados si no se está dispuesto al trabajo arduo. Es común entre los aprendices la creencia de que entre más publicado y premiado es el autor que imparte el curso, más se adherirá por ósmosis el oficio. Muy pocos tienen la paciencia de un chalán de albañil, que tiene que romperse la madre por años antes de ser oficial y maestro. Yo dejé de pagar talleres hace mucho. Cuando me di cuenta de que aprendía bastante viendo y escuchando a los maestros, pero sólo iba a realizar un trabajo propio metiendo las manos, ensuciándome de verbos y raspando adjetivos innecesarios. 

Siempre he dejado todo para después. He vivido aplazando el momento de sentarme a trabajar hasta que se me entuman las nalgas y me conformé con darle forma a un puñado de cuentos pinchurrientos que me han permitido ir a pasear y comer de gorra con el pretexto de leerlos. Jamás he pensado que viviría de ello, como un chalán no puede pensar que vivirá de resanar una pared de vez en cuando. Después de todo, siempre estaba ahí un mañana promisorio en el que tendría el tiempo y la voluntad de «escribir» en serio. Los eventos diarios y el dolor de huesos en incremento dicen otra cosa, mientras el tiempo que se suponía aún lejos va quedando atrás. 

No hay futuro. Me lo recuerdan la pandemia, la repentina muerte de mi gato, un animal que ya no existe pero me acompaña en sueños y fue resguardado bajo un pequeño geranio que busca aferrar con fuerza sus raíces en la tierra. Me lo grita la primavera que arroja hacia el otro hemisferio la estación en que nací.

Se ha ido el invierno, pero de alguna forma yo sigo instalado ahí. Necesito caminar bajo el sol y separarme de las luces fluorescentes. Sentarme a concluir uno de los muchos cuadernos donde se amontonan notas y dibujos inconexos antes de arrojarme sobre otro. Ya no hay margen para la espera, el siguiente paso es la decrepitud, y la amargura de haber postergado la limpieza interna echando fuera los vocablos que se pudren igual que agua estancada. Algo bueno ha llegado al menos con la lentitud que se instaló en mi comunidad ante el encierro. Lavo mis manos con frecuencia, y sacudo estas palabras lejos de mis dedos.

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