Cuba Stone

Tengo una camiseta jodidísima con el logo de los Rolling Stones. Apenas un álbum en vivo que ni siquiera puedo pasar a digital porque está protegido para que no copies las rolas. Chale. Tengo un libro con fotografías de Fernando Aceves, que compré en el Museo de Arte Moderno del extinto D.F. una mañana en que me dio hueva ir a trabajar. En vez de caerle al hotel donde camellaba, me lancé a los museos que estaban cerca. Casi me lo regalaron, estaba en un botadero junto a otras publicaciones de pintores y diseñadores. Compré varios libros esa vez y ninguno me costó más de diez devaluados varos. De la sesión que realizó Aceves en el ex Templo de San Lázaro, da cuenta Jordi Soler en uno de sus cuentos de «La cantante descalza y otros casos oscuros del rock». Poseo la edición especial dedicada a los Stones en una revista tristemente desaparecida, dirigida por un sujeto tristemente aún en activo. Y acabo de leer Cuba Stone, un libro publicado por Tusquets.
No me considero fan de la banda. Ni siquiera he escuchado su discografía completa y sólo he asistido a uno de sus espectáculos en México; el primero, que todos pensábamos sería también el último. Enrique, mi tío con el que solía parrandear y acudir a conciertos, no vivió para saber que un día los Rolling Stones tocarían en la isla. Con él fui a admirar con curiosidad a las viejas Piedras, a corear algunas de sus rolas integradas en mi cabeza desde la niñez tras haberlas asimilado en «Rock a la Rolling». Un programa de radio que escuchaban mi tío y sus compas. Junto a él, -que los disfrutó horrores-, me hice pendejo cuando abrieron los Caifanes. Por entonces me sentía muy true, y qué pinche quemada andar cantando o disfrutando las rolas de esos fresas que ahora traigo en el walkman.

Nos dice Jeremías Gamboa citando a Juan Villoro: «Los Rolling Stones son un mecanismo para medir el tiempo». Junto a Joselo y Javier Sinay, entrega un libro de crónicas por demás interesante y entretenido. Probablemente después vendrán los estudios sociológicos o económicos acerca de la implicación de un evento de tal naturaleza en un territorio que apenas se asoma al mundo globalizado. Acá no hay nada de eso. Los textos están llenos de recuerdos, de personajes entrañables que a uno le cuesta creer que son reales y andan por ahí, realizando el diario esfuerzo por subsistir, divertirse, crear música y llenar sus días de acordes bravos. Lo mismo que cualquiera de nosotros, en un entorno diferente.
Me emocioné con la lectura y junté mis pocas pertenencias con la lengua afuera. No soy, ya lo advertí, un fan dedicado y difícilmente podría hablar del legado Stone. Pero como millones de personas alrededor del mundo y varias décadas, tengo recuerdos amalgamados a los acordes de las viejas Piedras. Acaso por ello su logo modificado de las más diversas formas me entusiasma.
Si tienen oportunidad de darse el rol por las páginas de Cuba Stone, seguro que no se arrepienten. No voy a incitarlos a que pongan el álbum que más les guste de sus Satánicas Majestades y lubriquen el paso de las páginas con la bebida espirituosa de su preferencia, pero allá la mala cabeza de cada quien.

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