Temporadas hay en que le da al viento por ensañarse y azotar con insistencia la ventana o mostrar los dientes bajo la puerta. Los perros lo secundan ladrando desde la enloquecida condición del encierro y el tedio. No faltan las sirenas que se acercan o permanecen reverberando en el fondo acústico, como recordatorio de que la desgracia ronda y se tragará a alguien que al menos hoy, no eres tú. Siempre hay estruendo para acompañar la madrugada bajo la luz tenue de la lámpara. Así no hay quien duerma. Ni de ninguna otra forma, hasta que amanezca.

Afortunadamente, siempre estarán los libros para apuntalar la tenaz práctica del insomnio. La oportunidad de compartir la experiencia con otros exploradores de madrugadas a través de las palabras.

Fotografía: María del Pilar Bucio.

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