Verbo Gris, Lengua negra.

Caminar a la tienda ya no es como antes. Los vecinos discuten y dejan salir en cada palabra el odio y frustración que han acumulado durante los meses recientes, cualquier roce es buen pretexto para desbordar el exiguo dique de la inquina. La maledicencia permea las paredes; la vecina de aquella casa es una puta bien hecha, el hombre del final de la calle es rata y sus hijos drogadictos han aprendido el oficio, aunque no tendrán ningún problema en pasar a las lesiones o el asesinato cuando apriete la abstinencia.

Aquél de allá es mesero en un bar del centro, pero todo mundo sabe que sus servicios a los gringos se extienden al clonado de tarjetas bancarias y venta de materiales diversos cuando el alcohol ya no les resulta suficiente. A sus hijas debe que, con sorna y en voz baja, lo llamen «El suegro de la palomilla» La menor tiene quince años y un embarazo que ya no puede ocultar. Nunca quiso decir quién es el padre de la criatura; ni siquiera sometida a las severas golpizas de las que tuvo que ser rescatada por los vecinos (siempre atentos a lo que en los hogares ajenos acontece), pero todo mundo lo sabe. Mejor dicho, conoce la imposibilidad de que la niña pueda señalarlo. La más grande tiene veinte años, y en su momento padeció la misma práctica indagatoria después de revelar el primer embarazo. El resultado del sondeo fue el mismo, y por tanto los sucesivos dejaron de importar. Ahora tiene la irresponsabilidad de tres niños que la mayor parte del día corren descalzos esquivando coches, o empujando a quien se les ponga enfrente. Son sucios y carecen de la fuerza requerida para desquitar su rencor en los demás, así que se solazan en maltratar animalitos. Aunque nunca falta quién los reprenda, y ocasionalmente les dé alguna golosina si no hacen travesuras, porque el barrio los reconoce como propios.

Ir a la tienda era entrar en contacto con la comunidad. Un recién llegado se notaba de inmediato, lo delataban las palabras y los gestos; la sonrisa ausente y la mala costumbre de no dar los buenos días. Los chilanguillos se anunciaban en la cancioncita de la que no pueden deshacerse ni después de vivir muchos años entre la gente. Tampoco dejan de ser huidizos, desconfiados; y no es que la raza sea un portento de certidumbre, pero desconfiar nomás porque sí… eso sólo lo hacen los chilaquiles. Aunque como todo, se contagia.

En la tienda se saludaba a los amigos, se organizaban las cervezas de fin de semana o las espontáneas salidas a la playa. Ya no es igual. La desconfianza ha hechado raíces como si se extendiera desde la misma cedemequis con su tonito elíptico. Ahora somos muchos, algunos llegados desde lugares de los que a veces ni siquiera teníamos conocimiento. Pero sobre todo, hay oxxos en cada calle. Puede que hasta dos, casi enfrente uno del otro, y así no hay quién se pare en la tienda a menos que quiera robar algo, porque ahí no hay cámaras.

Entonces empiezan los pleitos con cualquier pretexto, porque tampoco hay trabajo para todos a pesar de los muchos hoteles que se han construido, arrebatándole terreno a las playas y alejándonos del mar; porque las escuelas no son suficientes para tanto niño como hay ahora, y nos siguen naciendo; porque los coches ya son demasiados para las callecitas recién asfaltadas que eran senderos de tierra para caminar, y ahora nadie lo hace.

Porque ya nada es como antes.

Honeymoon, silver spoon…

Cuando la melancolía choca contra la brutal ola de calor sudcaliforniana, deja un sabor extraño al que no termino de habituarme.
La sensación térmica influye por supuesto en el malestar emocional, no es la misma que en los lejanos días de patear las calles en la vieja ciudad de los palacios con el frío mordiéndote las botas; temblando bajo la lluvia mientras intentabas capturar la luz ocular de alguna incauta, y oscurecerla bajo el contagio de la nostalgia. No es la misma sensación, digo, que al andar sobre los caminos arenosos; bajo la presión asfixiante de las calles colindantes al desierto y los dos mares. Que recibir en los pulmones el golpe brutal de un aire áspero, mientras la huida de la tarde te adormece.

Es una tristeza distinta, otras son las humedades y la sal está presente en todo; pero como entonces, hoy la perfecta banda sonora para una noche opresiva corre a cargo de Tiamat y sus graves acordes.

Caminemos, pues.

¿Es más aterradora la montaña sobre la que ascienden los cuerpos condenados que sirven de portada a Death en su disco The Sound of Perseverance, o la monolítica estructura que ilustra el álbum Arise de Sepultura?

¿Es más asfixiante El castillo de Kafka o El pabellón número 6, de Antón Chejov?

¿H.P. Lovecraft o Edgar Allan Poe?

¿Black, Doom, Power, o Death Metal?

Efectivamente, el tercer turno está de hueva.

 

 

 

 

Aún estamos con vida
de alguna manera hay que llamar a las islas de cristales
que con lujo de violencia patean las zonas más blandas de tus ojos

Mario Santiago Papasquiaro

Tengo pendiente acometer una torre de tinta que se va haciendo más alta con el tiempo, a la que no pretendo obstruir el flujo. Hace años por ejemplo que no visito con la debida cortesía a los amigos del Siglo de Oro Español, y no río con Quevedo. Extraño también a los poetas chilenos: Gonzalo Rojas, Pablo de Rokha, Enrique Lihn. Aunque en compensación Pablo Neruda, entre las jornadas de trabajo, me asalta con alguno de sus poemas desde la antología seleccionada por Rafael Alberti que tengo siempre a mano. No he leído aún todas las novelas y los cuentos de Roberto Bolaño. Me esperan dos volúmenes de cuentos de Javier Marías, y en su morada electrónica aguarda soñando H. P. Lovecraft, Contra el mundo, contra la vida de Michel Houellebecq.

Me acecha una verdadera marea negra sobre papel (otra intangible se agazapa en la memoria de un dispositivo plástico, porque a diferencia de algunos amigos, no hago el feo a las letras virtuales), de la que me mantengo oculto en la rutinaria estupidez de una oficina mínima, perteneciente a una gigantesca corporación.

Extraño los días de juventud en los que no hacía otra cosa que encerrarme a leer en casa de mi madre. Recomendaría a los jóvenes que antes de ingresar a la universidad, de engancharse a un trabajo para generar necesidades ficticias como la adquisición de un carro; un iPhone; o trozos de plástico respaldados por un banco a cambio de las horas de esclavitud; se encierren por lo menos un año para leer lo que les venga en gana. De ser posible, que incluso cuando tengan una carrera, un oficio o empleo, se alejen de esos objetos. Si me apuran, les diría que comiencen por devorar a los escritores rusos, franceses, y liberales mexicanos del siglo XIX; que en cualquier biblioteca pública están esperando los magníficos cuentos de Borges y José Revueltas. Subjetivamente invito a  lo que fue mi delirio, aunque de cada cual según sus capacidades, a cada cual según sus necesidades.

Sé que viajar es también una experiencia que les mostrará más del mundo que cualquier aula universitaria; pero recomendar la irrupción en la carretera sería hipócrita de mi parte, pues yo no fui una entidad nómada. La primer travesía más allá de la Ciudad de México y alrededores, la realicé a los treinta años. Hoy día ni siquiera poseo un pasaporte. Mi aprendizaje y vagabundeos han sido principalmente sobre el papel.

Hubo días donde el dinero era inversamente proporcional a la cantidad ingente de tiempo que tenía para leer, y recorrí bibliotecas como un adicto buscando conectes. Siendo el peor de los estudiantes, tuve la necesidad de leer para no sucumbir aplastado por el tedio. Ahora no es muy diferente, siempre tengo la bolsa llena de libros que me resguardan del entorno; viajan conmigo a todos lados, y cuando se atraviesa un tiempo muerto salen a contarme cómo ha ido su retiro.

Extraño la época en que podía dormir poco sin que me afectara. Cuando el insomnio y el dolor de espalda convivían sin convertirse en distracción. Encuentro que mis ojos se han deteriorado, y de pronto alguna letra cambia de apariencia o se diluye en una forma borrosa (los años no pasan a lo pendejo). Un día seré la misma criatura nocturna que reflexiona hoy, pero sin la agudeza visual de ayer. Me plantearé entonces dejar de leer, aunque desde ahora sé cuál será mi respuesta ante semejante barbaridad. Seré una criatura nocturna de visión corta o nula; para entonces, espero haber entrado en contacto con uno o dos lectores  obsesivos que devoraré a plazos, guiándome por el oído.

Quizá por eso voy acumulando libros, polvo, historias; así como jóvenes amigos.

Escapar de las redes

Me entero con tristeza que el maestro José Quintero abandonó su espacio en blogspot de la misma forma en que hace meses abandonó su cuenta de Facebook. Jamás ha sido un apologista de la participación en redes sociales, pero ahí la llevaba mal que bien mostrando su  trabajo desde hace dez años en el blog; e incluso colaborando con otros artistas en la creación de un webcómic a muchas garras, antes de que el feis se tragara casi toda actividad internauta.

Al menos continúa utilizando su cuenta de Twitter para informar acerca de sus andanzas. Queda por supuesto la oportunidad de apreciar su trabajo como en la antigüedad, en revistas diversas y la adquisición de sus libros. No deja de ser una pena perder ese virtual contacto con un hombre extraordinario, aferrado en sus manías y convicciones.

Nuestra_segnora_de_Buba_Comix_BAJA

¿Me he planteado la posibilidad de desconectarme de Facebook alguna vez? Más que eso, ya di de baja la cuenta una vez, solo para volver a recuperarla como un repositorio de ideas surgidas y redactadas en Twitter. Invaiablemente queda la duda de qué sucede ahí y he terminado por asomarme y volcarme de nuevo en su actividad. Hay mucha paja, demasiada estupidez compartida y retransmitida una y otra vez en ese sitio; pero de cuando en cuando se encuentran garbanzos de a libra y siempre existe la posibilidad de contacto con individuos de los que se puede aprender mucho. A veces incluso dejar una pequeña aportación.

Lo cierto es que prefiero la estructura de la bitácora virtual. Y aunque mantendré activa mi cuenta de blogspot porque conservo entradas (no visibles) que me interesan, volcaré mi esquizofrenia en esta plataforma que he saneado (para empuercar de nuevo) y en la que tengo menos tiempo activo. Quizá un día decida (y pueda) abandonar las redes. De momento me entretiene perder el tiempo que podría usar leyendo o paseando. Viviendo, pues.

It’s only Rock n’ Roll