Aún estamos con vida
de alguna manera hay que llamar a las islas de cristales
que con lujo de violencia patean las zonas más blandas de tus ojos

Mario Santiago Papasquiaro

Tengo pendiente acometer una torre de tinta que se va haciendo más alta con el tiempo, a la que no pretendo obstruir el flujo. Hace años por ejemplo que no visito con la debida cortesía a los amigos del Siglo de Oro Español, y no río con Quevedo. Extraño también a los poetas chilenos: Gonzalo Rojas, Pablo de Rokha, Enrique Lihn. Aunque en compensación Pablo Neruda, entre las jornadas de trabajo, me asalta con alguno de sus poemas desde la antología seleccionada por Rafael Alberti que tengo siempre a mano. No he leído aún todas las novelas y los cuentos de Roberto Bolaño. Me esperan dos volúmenes de cuentos de Javier Marías, y en su morada electrónica aguarda soñando H. P. Lovecraft, Contra el mundo, contra la vida de Michel Houellebecq.

Me acecha una verdadera marea negra sobre papel (otra intangible se agazapa en la memoria de un dispositivo plástico, porque a diferencia de algunos amigos, no hago el feo a las letras virtuales), de la que me mantengo oculto en la rutinaria estupidez de una oficina mínima, perteneciente a una gigantesca corporación.

Extraño los días de juventud en los que no hacía otra cosa que encerrarme a leer en casa de mi madre. Recomendaría a los jóvenes que antes de ingresar a la universidad, de engancharse a un trabajo para generar necesidades ficticias como la adquisición de un carro; un iPhone; o trozos de plástico respaldados por un banco a cambio de las horas de esclavitud; se encierren por lo menos un año para leer lo que les venga en gana. De ser posible, que incluso cuando tengan una carrera, un oficio o empleo, se alejen de esos objetos. Si me apuran, les diría que comiencen por devorar a los escritores rusos, franceses, y liberales mexicanos del siglo XIX; que en cualquier biblioteca pública están esperando los magníficos cuentos de Borges y José Revueltas. Subjetivamente invito a  lo que fue mi delirio, aunque de cada cual según sus capacidades, a cada cual según sus necesidades.

Sé que viajar es también una experiencia que les mostrará más del mundo que cualquier aula universitaria; pero recomendar la irrupción en la carretera sería hipócrita de mi parte, pues yo no fui una entidad nómada. La primer travesía más allá de la Ciudad de México y alrededores, la realicé a los treinta años. Hoy día ni siquiera poseo un pasaporte. Mi aprendizaje y vagabundeos han sido principalmente sobre el papel.

Hubo días donde el dinero era inversamente proporcional a la cantidad ingente de tiempo que tenía para leer, y recorrí bibliotecas como un adicto buscando conectes. Siendo el peor de los estudiantes, tuve la necesidad de leer para no sucumbir aplastado por el tedio. Ahora no es muy diferente, siempre tengo la bolsa llena de libros que me resguardan del entorno; viajan conmigo a todos lados, y cuando se atraviesa un tiempo muerto salen a contarme cómo ha ido su retiro.

Extraño la época en que podía dormir poco sin que me afectara. Cuando el insomnio y el dolor de espalda convivían sin convertirse en distracción. Encuentro que mis ojos se han deteriorado, y de pronto alguna letra cambia de apariencia o se diluye en una forma borrosa (los años no pasan a lo pendejo). Un día seré la misma criatura nocturna que reflexiona hoy, pero sin la agudeza visual de ayer. Me plantearé entonces dejar de leer, aunque desde ahora sé cuál será mi respuesta ante semejante barbaridad. Seré una criatura nocturna de visión corta o nula; para entonces, espero haber entrado en contacto con uno o dos lectores  obsesivos que devoraré a plazos, guiándome por el oído.

Quizá por eso voy acumulando libros, polvo, historias; así como jóvenes amigos.

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