Verbo Gris, Lengua negra.

Maquinaria en marcha

I

No tengo reloj. Había uno colgado en la pared de alguna de las casas que he habitado con mi mujer, hasta que se detuvo y así permaneció, señalando la hora exacta solamente dos veces por día. Contrastando sobre la superficie blanca (me obsesiona pintar de blanco todo lugar donde he de vivir) con el rojo sanguíneo que cubre la madera detrás de la carátula muerta. Es un objeto simpático que nos ha acompañado en nuestra vida seminómada y guardamos por pura nostalgia entre cajas de libros y otros cachivaches. Usar uno de pulsera es impensable. Siempre me han parecido artilugios inútiles, y deleznables quienes gastan fortunas en adquirirlos aunque respeto a las personas que se ven obligadas a utilizarlos si no son ostentosos.

Ahora se verifica la hora del día en el teléfono, se observan fotografías, se escuchan canciones, se leen los periódicos.

II

El fin de semana compré una notebook y reconozco que el cacharro me trajo una gran alegría. Solía redactar mis estupideces en la compu de Dinosauria o en las obsoletas máquinas que hay en la oficina del trabajo. No me avergüenza declarar esto: cada que puedo escapo de las jornadas laborales amontonando letras o leyendo alguno de los libros que siempre van conmigo a todos lados. Pagué el juguetito de contado, como un burgués vil. Más bien como un proletario desclasado que se permite el gasto de varios días de trabajo en algo no esencial, contagiándose de una malsana satisfacción por ello. Pinche consumismo.

III

No tengo gran cosa qué decir o redactar, pero pretendo hacerlo a diario. Quité todas las entradas viejas del blog, con excepción de la primera. A ver qué sale.

Fairytale

Agotado por la infructuosa búsqueda de la joven propietaria del zapatito de cristal, el hermoso príncipe detúvose a descansar; comer y beber en una de las muchas tabernas del puerto.
Inusualmente ebrio muchas horas después, apostó el zapatito jugando a los dados con un pirata. Eufórico por haberlo ganado, el bravo hombre de mar se descalzó la bota solitaria desnudando su única pierna…

Y vivieron felices para siempre.

Incomunicación en cuatro breves párrafos.

No importa de quién nos rodeamos. Al final estamos solos, contenidos dentro de nosotros mismos.

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Somos gregarios en un intento vano de paladear con menos amargura el propio aislamiento.

La maquinaria social es un artefacto construido para disipar el horror ante el vacío.

Solo quería recordárselos, escribir es también vincular soledades.

In The Opium Of Black Veil.

La vida ordinaria no me interesa. Sólo busco los momentos altos. Estoy de acuerdo con los surrealistas, en la búsqueda de lo maravilloso.
Anaïs Nin
Darzamat es una banda nacida en Polonia que en 1999 lanzó uno de mis discos favoritos: In The Opium Of Black Veil. Es una obra a la que regreso cada cierto tiempo como lo hago también, por ejemplo, con los libros que han marcado indeleblemente mi imaginación o señalado pautas de estilo y lenguaje que me place recorrer para asimilarlas y adaptarlas a mi bagaje cultural.
Existen emociones enraizadas a mi imaginario que despiertan ante la escucha de este álbum.
Suele suceder que determinada canción, o una colección de ellas se integren a nuestro gusto particular, y consigan fijarse a un punto cronológico del que con dificultad podremos después disociar. La música actúa entonces como una ineluctable maquinaria que nos devuelve a cierta ubicación temporal que ha dejado de existir.
Todas las canciones de este trabajo me agradan, lo que ocurre con pocos álbumes; casi siempre hay una o dos canciones que puedo eliminar en un disco, aun de bandas a las que soy devoto.
Desde Beyond The World hasta Secret Garden; puedo dejar que mi mente divague, regrese, anule lo que ocurre a mi alrededor y descubra nuevas vías por las cuales transitar un terreno tantas veces recorrido y que no termino de conocer.
Un extra es el arte de  portada y contraportada. Ambas carátulas muestran imágenes cargadas de sensualidad, de un erotismo vintage que acompaña perfectamente los acordes melancólicos y los paisajes acústicos de la obra.
Pero Darzamat no existe más.
No al menos en la forma que tenía cuando In The Opium Of Black Veil fue concebido. Ha mutado como muchas otras bandas; los músicos que se han ido y los que han llegado han hecho de Darzamat un grupo diferente. Hay cosas que aún me gustan de ellos, pero ya no encuentro en su material esa conexión hipnótica en la que el álbum citado me sumerge.
Así, a la par del reencuentro con esta obra, busco en otras propuestas ese llamado de lo maravilloso que extasíe mis sentidos.

Buenos días

Hoy no puedo respirar. Inhalo con dificultad mientras en los pulmones se aloja un silbido estúpido y fuera de tono. Hace un día horrible. El calor es insoportable, las moscas numerosas. No ha pasado el camión de la basura y los gatos han volcado los botes durante la noche. La calle pestífera exhibe las intimidades de los vecinos, merced a sus deshechos esparcidos durante la orgiástica aventura felina que no me permitió dormir como es debido.

El perro nunca ahuyenta a esos invasores. Sospecho que se escabulle por entre los resquicios del ventanal roto para unirse a sus correrías. Regresa en la mañana impregnado de ese olor particular a fruta podrida, a animal muerto. No me molesta gran cosa, sobre todo desde que su presencia en la puerta mientras se rasca bajo el sol, intimida y aleja a los vecinos y sus antes  periódicas visitas en busca de algún dinero; que por supuesto jamás me ha sido reembolsado.

Hoy no puedo respirar.

Será más difícil salir al trabajo.

Sonreír sin ánimo.

 Desear buenos días…