Agotado por la infructuosa búsqueda de la joven propietaria del zapatito de cristal, el hermoso príncipe detúvose a descansar; comer y beber en una de las muchas tabernas del puerto.
Inusualmente ebrio muchas horas después, apostó el zapatito jugando a los dados con un pirata. Eufórico por haberlo ganado, el bravo hombre de mar se descalzó la bota solitaria desnudando su única pierna…
Y vivieron felices para siempre.
