Era el hoy lejano octubre de 2022. Por una casualidad que aquí está de más relatar, aterrizaba en mi natal Ciudad de México y tras un viaje en metro por las entrañas del monstruo, llegué al centro para visitar la Feria Internacional del Libro del Zócalo. No tenía idea de que se presentaba una mesa que incluía al camarada Kike Ferrari, un autor que por muchas razones es importante en mi acervo sentimental como lector.
Menos llegué a pensar mientras llegaba al lugar, que podría estrechar su mano, obtener una firma en uno de sus libros y llevarme una fotografía de recuerdo que conservo con entusiasmo. Ya sé, a menudo me doy cuenta de que actúo como un mozalbete en día de Reyes. ¿Qué puedo decir? hay autores de los que me he vuelto incondicional y valoro la oportunidad de acercarme y observarlos, de saber acerca de cómo es para ellos el proceso de trabajo, qué manías o costumbres tienen. Ser lector también es de vez en cuando convertirte en un fanático irredento como lo es un hincha del futbol.
Pasados los años, en el espacio de Nitro Press de la Feria Internacional del Libro de Guadalajara, adquirí entre otros (chingonsísimos) libros Territorios sin cartografiar, de Kike.
Sin contar acá de que se tata, comparto que es una de las mejores lecturas realizadas este año que ya está de salida igual que yo, que en unos días arribo al último escalón de los 40 y para el siguiente invierno aterrizo con todo y dolor de huesos al medio siglo. El libro es alucinante y muestra, efectivamente, un atisbo de esos terrenos que aún no se trazan en mapa alguno, pero que un crononauta intuye y disfruta mientras accede a cada resquicio mostrado por la prosa brillante del camarada Ferrari. Esta curiosa cartografía es un viaje gozoso que se debe realizar varias veces. Yo lo haré sin duda, luego de avanzar en otros territorios que están todavía pendientes.



