La tenaz práctica del insomnio, el oscuro oficio del exilio, la espiral… todas las frases a las que te aferras mientras aprendes a lanzar palabras, punto y línea sobre el plano. Cuando tu camino se ha forjado por la libre, el aprendizaje no cesa jamás. Se construye a cada paso mientras respiras, pero vamos: sigues haciendo exactamente lo mismo que cuando eras un lobato marcando las paredes con trazos incipientes y te entusiasma igual que entonces.
Escuchar los espejos que recuerdan cómo era más sencillo el mundo infantil si metías la nariz entre las páginas de cuanto libro te quedara a mano te ha hecho bien. Cumplir el pacto contigo mismo y hacer el viaje que planeaste un año antes aunque preferías quedarte leyendo con Mil Sombras ronroneando sobre tu cuerpo.

Lo has abandonado todo, has perdido el interés cada cierto tiempo al punto de encerrarte y olvidar el aseo más elemental, el contacto humano, pero no la mirada necia sobre distintas tipografías ni la manía de extender tinta, a veces pigmentos de distinas calidades sobre los más diversos soportes. O esa otra un tanto estrafalaria de hablar con los otros que te constituyen como quien se halla en medio de una multitud.

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