Hoy no puedo respirar. Inhalo con dificultad mientras en los pulmones se aloja un silbido estúpido y fuera de tono. Hace un día horrible. El calor es insoportable, las moscas numerosas. No ha pasado el camión de la basura y los gatos han volcado los botes durante la noche. La calle pestífera exhibe las intimidades de los vecinos, merced a sus deshechos esparcidos durante la orgiástica aventura felina que no me permitió dormir como es debido.
El perro nunca ahuyenta a esos invasores. Sospecho que se escabulle por entre los resquicios del ventanal roto para unirse a sus correrías. Regresa en la mañana impregnado de ese olor particular a fruta podrida, a animal muerto. No me molesta gran cosa, sobre todo desde que su presencia en la puerta mientras se rasca bajo el sol, intimida y aleja a los vecinos y sus antes periódicas visitas en busca de algún dinero; que por supuesto jamás me ha sido reembolsado.
Hoy no puedo respirar.
Será más difícil salir al trabajo.
Sonreír sin ánimo.
Desear buenos días…
