Para leer, comentar y compartir.

Buen viaje.

«A veces, la realidad es sólo dolor, y para huir de ese dolor, la mente tiene que abandonar la realidad».

Patrick Rothfuss

El nombre del viento

Nuestra especie se oculta, reduce al mínimo su interacción con el entorno y los otros individuos. Recuerda la fragilidad inherente que la soberbia le había hecho olvidar. El mar sigue ahí, los otros habitantes de nuestra comunidad siguen ahí, tan indiferentes a nuestro horror como lo estamos a menudo nosotros ante su presencia y nuestro nefasto influjo sobre sus vidas.

Una joven viaja en este momento sola a través del país de vuelta a casa. A lo largo de una nación donde corre más peligro durante su travesía que ante un virus del que acaso no llegue a saber sino lo que aparezca en los medios. Apenas anoche cenaba en nuestro hogar. Hoy sólo podemos acompañarla con nuestro pensamiento; cerrando nuestros ojos a la realidad diaria, más aterradora que la enfermedad. Se desplazará por aire y tierra desde Baja California Sur, la península donde habitó un par de meses mientras realizaba prácticas laborales para concluir satisfactoriamente los requisitos necesarios a su titulación.

En su natal Chiapas la esperan su familia y amigos, un novio, los trámites finales en su Alma Mater, que ostenta el bello nombre de Universidad Tecnológica de la Selva.  Deseamos que su viaje haya sido provechoso y tenga buen recuerdo de nuestro encuentro, que su vida sea plena y feliz.

Aquí a un paso del Mar de Cortés, allá a uno de la Selva Lacandona; la vida se abre camino. Generosos, nuestros vecinos no permitirán que lo olvidemos: únicamente necesitamos mirar atentamente alrededor.

Buen viaje para nuestra joven amiga, buena fortuna para todos.

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Foto: Sebastián Reynoso.

 

Estación histeria

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Kipple es una palabra que aparece en la novela de Philip K. Dick «¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas?». Define la acumulación de objetos que se vuelven inútiles tras su manipulación, se amontonan reproduciéndose a si mismos como por descuido. He olvidado muchos detalles de la novela. Desde luego casi todas las sensaciones que me produjo su recorrido, pero jamás logré desprenderme de ese vocablo. De hallar la presencia del significante por todos lados. Vivo atrapado en la contemplación perpetua del kipple y su irrefrenable crecimiento a mi alrededor.

Antes del saludable horror a que los desechos electrónicos, los juguetes viejos, las botellas rotas y toneladas de papel impreso nos devoren; la sociedad prefiere temer un virus que no diezmará significativamente a nuestra especie. Se apresta a sobrellevarlo aumentando exponencialmente en compras de pánico el crecimiento de la verdadera amenaza. Hemos parado en una miedo irracional que nos acerca a la propia destrucción mientras miramos con desconfianza el arribo de inciertos fantasmas, nos sepultamos en vida por temor , y el vacío en las calles se hace presente.

Desolación; kipple.

Tiempo

Mantengo cautivo un pequeño calendario del año 2002 entre las páginas de un libro de Albert Camus. No es desde luego el único, tengo por costumbre atrapar en la marea silente de mi biblioteca piezas con las que he medido el paso de los meses en distintos años.

En ocasiones me da curiosidad saber a dónde ira a parar todo aquello. «Hay más tiempo que vida» solían decir mi madre, y mi abuela antes que ella. Cuando la mía cese, los retazos de tiempo que voy coleccionando aún seguirán apareciendo sorpresivamente ante quienes desempolven las palabras que me han acompañado.

¡Qué alegría!

Fusión de la memoria

Imagen: Google Maps

Por más de una década me he librado de arrostrar el peligro tóxico de las contingencias ambientales. Vivo en Cabo San Lucas hace catorce años. Con el tiempo mi cuerpo se ha modificado al punto de no recodar viejos hábitos diarios, como ignorar el humo y la falta de oxígeno al deambular por las calles. No soy automovilista. Jamás aprendí a manejar y mis traslados en la Ciudad de México ocurrieron siempre en compañía de miles de ciudadanos en el metro y autobuses. Nunca tuve problema porque dejaran de circular los coches de uno u otro color, tampoco encuentro desagradable el transporte comunitario.

Comenté hace varios días en Twitter que, si en el futuro el transporte no es colectivo, eficiente y de bajo impacto ambiental, no existirá. El futuro, digo.

Cuando regreso a mi ciudad natal, ya sea que permanezca o vaya de paso rumbo a otro lugar, mis lágrimas fluyen. No es debido a viejas nostalgias, sino por la desventaja que mi prolongada desintoxicación ocular supone. Si el arribo es en vuelo por la tarde, al descender el avión existe la sensación terrible de adentrarse en un entorno oscuro. Después del desplazamiento en un azul extenso y la suave claridad de las nubes, todo contrasta en un brillo opaco. El cielo de la capital es de un azul grisáceo que me recuerda lo escrito por Wassily Kandinsky en Sobre lo espiritual en el arte: «El azul es el color típicamente celeste que desarrolla en profundidad un elemento de quietud, y que al sumergirse en el negro adopta un matiz de tristeza inhumana, se hunde en la gravedad que no tiene ni puede tener fin».

Mis amigos en la Vieja Ciudad de Hierro, así como los turistas que acuden a visitar el destino donde habito, suelen pensar que Los Cabos es un paraíso. Y lo es, desde luego, si otorgamos el nombre del municipio sólo al exiguo territorio que ocupan los desarrollos turísticos y los cada vez más escasos rincones donde hay poca actividad humana. Aquí la contaminación del aire no está entre nuestras emergencias por resolver. Nuestras dificultades son distintas a las de una comunidad tan extensa y densamente poblada como la Ciudad de México, pero también compartimos desafíos impostergables como la escasez de agua potable y el inequitativo reparto de los recursos disponibles. Así tenemos comunidades de palma y asbesto que carecen ya no digamos de infraestructura hidráulica, sino hasta de un camino pavimentado que permita el fácil acceso a las pipas que suministran el líquido; cohabitando con extensos campos de golf siempre verdes, hoteles donde jamás falta el agua, y un desarrollo que en su página web muestra casas aderezadas con fastuosas albercas, además de lo impensable en medio del desierto sudcaliforniano: una laguna artificial de cinco hectáreas. El paraíso conviviendo con lugares donde hay, como en el poema de Samuel Taylor Coleridge: «agua, por todas partes agua, y ni una gota que beber».

Quienes hayan tenido la oportunidad de habitar en dos o más comunidades distintas, quizá compartirán conmigo esa curiosa sensación de pertenencia/desapego que aparece al ir de un lado a otro. Tal vez experimenten también el crecimiento interno de una ciudad imaginaria hecha de recuerdos sobrepuestos de cada lugar donde se ha caminado. En un discurso de 1983 que como nota introductoria se publica en su libro Las ciudades invisibles, Italo Calvino dijo: «Las ciudades son un conjunto de muchas cosas: memorias, deseos, signos de un lenguaje; son lugares de trueque, como explican todos los libros de historia de la economía, pero estos trueques no lo son sólo de mercancías, son también trueques de palabras, de deseos, de recuerdos». Leer la descripción de cada una de sus ciudades con nombre de mujer me llenó de alegría; nunca viajaré a ninguna de ellas, pero eso no impide que las siga recorriendo cada año y me maraville como la primera vez. Ese libro me hizo hallar en la ficción un ancla para lo que me sucedía cotidianamente; así abandoné la costumbre de ubicar con exactitud el espacio físico donde ocurrieron diversas experiencias de mi vida. Intentarlo a estas alturas sería insensato.

Ahora dejo vagabundear mi mente en regiones que mezclan los lugares que conozco o he leído. Para mí la calle de Donceles con sus hermosas librerías de viejo termina en un amplio malecón, y no en el Eje Central Lázaro Cárdenas, como cuando la recorría en la adolescencia. Siempre en busca de tesoros ocasionales, ocultándome de contingencias ambientales que hoy me son ajenas.

El futuro quedó atrás

Realidad cotidiana más allá de la ensoñación. El cielo sobre el puerto tenía el color de una pantalla de televisor sintonizado en un canal muerto. Imagen: reddit.com/r/Cyberpunk En las contadas ocasiones que me acerco al mar a pesar de vivir a unos cinco kilómetros, recuerdo la frase anterior con que abre Neuromancer; la novela publicada … Leer más “El futuro quedó atrás”

Realidad cotidiana más allá de la ensoñación.

El cielo sobre el puerto tenía el color de una pantalla de televisor sintonizado en un canal muerto.

Imagen: reddit.com/r/Cyberpunk

En las contadas ocasiones que me acerco al mar a pesar de vivir a unos cinco kilómetros, recuerdo la frase anterior con que abre Neuromancer; la novela publicada en 1984 por William Gibson, quien vertió la entonces precaria interfaz digital dentro del antiguo dispositivo impreso que nos ha legado Johannes Gutenberg. En español esta novela fue publicada hasta 1989 y supe de ella por medio de la sección de recomendaciones literarias de una revista española dedicada a la divulgación científica. Pasarían todavía algunos años hasta que por medio del préstamo bibliotecario pudiese leerla y ser atrapado por primera vez en un lenguaje desconocido. Neuromante, como se conoce la versión en español, nos mete de lleno en la visión de un futuro pesimista, oscuro, de alta tecnología y muy bajas condiciones para la vida.

Con su novela, William Gibson abre la puerta al subgénero de la ciencia ficción conocido como cyberpunk. Antes había mostrado atisbos de la nueva realidad literaria en cuentos publicados en antologías y revistas. Los mismos serían reunidos posteriormente en un libro de 1986: Burning Chrome. Es necesario recordar que muchas de las descripciones de Gibson eran difíciles de asimilar por sus lectores, incluyendo el ciberespacio. Un entorno físico-virtual que utilizó para desarrollar el cuento Johnny Mnemonic y que define así en el tercer capítulo de Neuromante:

«El ciberespacio. Una alucinación consensual experimentada diariamente por billones de legítimos operadores, en todas las naciones, por niños a quienes se enseña altos conceptos matemáticos… Una representación gráfica de la información abstraída de los bancos de todos los ordenadores del sistema humano. Una complejidad inimaginable. Líneas de luz clasificadas en el no-espacio de la mente, conglomerados y constelaciones de información. Como las luces de una ciudad que se aleja…»

Hoy resulta sencillo trasladar la imaginación a los escenarios de la novela fundadora del cyberpunk, acostumbrados como estamos a la experiencia de observar videos en 360° detrás de un visor; resolver múltiples dificultades, arrostrar peligros, tripular vehículos no convencionales a través de una consola de juego; o realizar videoconferencias en tiempo real con personas ubicadas en puntos distantes de nuestro planeta, cada vez más estrecho. En 1984 las computadoras conectadas en linea alrededor del mundo, no alcanzaban el número de dispositivos enlazados a internet existentes hoy en cualquier biblioteca universitaria, y la capacidad de procesamiento de datos en los enormes gabinetes de entonces es mínima comparada con las tabletas, notebooks y teléfonos de los universitarios. El entorno construido alrededor del Cyberpunk se constituyó en pocos años en una realidad tangible (y virtual) alejada de ser sólo una posibilidad en el futuro. Más aún, para la generación de nativos digitales, las relaciones establecidas en una sociedad de consumo plástica, apática y decadente, con su viejo ciberespacio impreso que fue definido por William Gibson a través del rítmico golpeteo de una máquina de escribir mecánica, forman parte del pasado inmediato.

No es gratuito que debido a la distancia tecnológica que media entre los habitantes de diferentes generaciones y su mundo -que es paradójicamente el mismo-, una novela construida sobre la nostalgia de juegos, moda y tecnología obsoleta como Ready Player One de Ernest Cline, donde el futuro descrito por William Gibson puede mostrarse en una colección museográfica, haya sido modificada al pasar del antiguo dispositivo impreso que nos ha legado Johannes Gutenberg y su más actual símil electrónico, a las pantallas de cine o los enormes monitores enclavados en los muros de muchos hogares.

Los retos que Wade/Parzibal protagonista de la novela, enfrenta para alcanzar sus objetivos cambian en la versión cinematográfica. Para nada se menciona esa antigualla de 1983 llamada War Games. Película que muestra a un hacker adolescente poseedor de algo impensable entonces para los espectadores mexicanos: una computadora IMSAI 8080 que al marcar en un módem telefónico podía acceder al fabuloso armatoste que procesaba los datos de la milicia norteamericana… nada atractivo podría resultar para los espectadores actuales, a quienes se les procuró una emotiva carrera pletórica de efectos luminosos a una velocidad más acorde a los parámetros visuales que se acostumbran en los videojuegos contemporáneos. Sería impensable adaptar al cine secuencias completas del libro que romperían el vértigo de las necesarias imágenes generadas por computadora que capturan el interés de las jóvenes audiencias.

He tenido la oportunidad de impartir charlas y talleres de fomento a lector a niños, adolescentes y jóvenes universitarios. Sé que para ellos es inimaginable un mundo en el que no existía internet, una vida lejos de las pantallas, de la interacción con otros seres a través de medios digitales. Su imaginación tarda en formarse una idea de dicha posibilidad en la misma proporción en que a los lectores de las novelas de William Gibson nos costaba imaginar los escenarios que para ellos son habituales. La realidad virtual que propone una novela o película como Ready Player One, es más cercana a su experiencia.

No lo sabe la mayoría de ellos, pero su mundo se parece también a la ensoñación que nos acecha desde los bellos y complejos cuentos de Jorge Luis Borges. Un mundo lleno de posibilidades extensas aunque limitadas, que para sobrepasar sus bordes se repliega sobre sí mismo hasta volverlas infinitas, como una cinta de Moebius o un laberinto. Lo triste es que, si un libro como Neuromane puede parecerles ya lejano, la obra de Borges es literalmente una colección de textos de otro siglo al que no acceden fácilmente. Es común calificar de «lenta» una película o una novela como sinónimo de mala o aburrida. La velocidad parece tener preponderancia cuando se tiene poco tiempo y una ingente cantidad de información disponible. Los libros de Joge Luis Borges requieren paciencia y el tiempo para reflexionar después de leerlos, volver a ellos y recorrer de nuevo párrafos y piezas completas. Entrar en su obra es adentrarse en un camino interminable que puede llevarnos toda la vida. Varias vidas.

Soy un lector de otra época. Cronológicamente no se me puede considerar todavía un anciano, pero mi manera de interactuar con la información, evadir la velocidad con que aparece atendiendo la necesidad irrenunciable de seleccionar lo que he de leer, escuchar, mirar y compartir dejando de lado la mayoría de lo que hay, me convierte en un individuo obsoleto.
El cielo que observo en las contadas ocasiones que me acerco al Mar de Cortés, sólo adquiere el tono cromático de superficie sin señal cuando se acerca una tormenta. Habitualmente es de un azul brillante que hiere las retinas.

Pensándolo bien, la imagen de una pantalla de televisor sintonizado en un canal muerto es anacrónica. Las enormes pantallas empotradas en los muros ahora son negras cuando no reciben señales o están conectadas a una consola. El futuro se ha ido, y la frase cobra sentido sólo para quienes hemos arribado desde el pasado distante en que fue concebida tac, tac, tac, a través del rítmico golpeteo de una máquina de escribir mecánica.