Afuera.

Más allá de la frontera del jardín se encuentra el mundo hostil del que extraño muy poco. La trampa que tiende es ingenua, y su visión anticipada permite que desde la trinchera de un teclado y una tableta gráfica realice los cambios pertinentes para trazar el entorno que elijo habitar. Así el mundo no es ya lo que se me impone, sino un mecanismo que voy construyendo para resistir cada amanecer. Si logro llegar al final del día sin perder la cordura, entonces ha sido una jornada productiva.  Más allá del jardín que resiste a su vez la sequía, todo sucede a un tiempo de vértigo. Cada individuo busca la mejor manera de adaptarse y continuar en el breve espacio que le corresponde, transformándolo según las herramientas a su disposición o aceptando su influencia conforme va sucediendo.  Yo tengo un teclado, pixeles, colores líquidos, recortes de cartón y periódicos viejos.

Este es un año insólito que se ha ido extraviando y aparecerá en un futuro reseñado como un mal sueño que nos condicionó a replantearnos cada aspecto de nuestra existencia y la interacción con los demás. A pensar en el espacio que nos rodea, lo que hay afuera de nuestros muros y de nosotros mismos.

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