Se ha ido el invierno

Date cuenta, carajo: un tipo de tu edad es descrito como un cuerpo en ruinas para quien no hay más futuro que el lecho de muerte, mientras tú te aferras a mirarte a ti mismo como alguien a quien aún le falta mucho por vivir, el poseedor de un mañana casi ilimitado, cuando la realidad es que a estas alturas tu pasado ya es mucho más extenso que tu futuro.

Daniel Salinas Basave

 

La vitalidad que irradia el sol bajo el Trópico de Cáncer invita contra toda restricción sanitaria a salir en busca del mar. Por el contrario todo espacio abierto ha sido abandonado casi en su totalidad, y un silencio que no por necesario deja de ser inquietante se extiende por calles, playas y edificaciones. Soy uno de los pocos que aún se trasladan a través de un pueblo fantasmal (Cabo San Lucas a pesar de su meticulosa propaganda mediática, está muy lejos de ser una ciudad) para encerrarse ocho horas detrás de un escritorio, en espera de mensajes que llegan a cuentagotas. Probablemente sea la razón por la que insisto en arrojar palabras con la más terca insistencia. Propago una perorata que hace mucho se me pudrió silente en el hocico, que me haría más daño entre los dedos que el virus conjurado mediante el constante lavado de manos. Escribir es una infección controlable pero imposible de erradicar. Acecha inactiva para arremeter en el momento menos esperado. 

Ser ordenado, redactar con disciplina atendiendo los detalles al verter el poco entendimiento de lo que previamente se ha leído, intentando aportar algo ahí donde ya se ha dicho todo. Escribir es un oficio que requiere tiempo de aprendizaje y muchas horas de práctica igual que cualquier otro. Por ello es inútil inscribirse a talleres impartidos por escritores renombrados si no se está dispuesto al trabajo arduo. Es común entre los aprendices la creencia de que entre más publicado y premiado es el autor que imparte el curso, más se adherirá por ósmosis el oficio. Muy pocos tienen la paciencia de un chalán de albañil, que tiene que romperse la madre por años antes de ser oficial y maestro. Yo dejé de pagar talleres hace mucho. Cuando me di cuenta de que aprendía bastante viendo y escuchando a los maestros, pero sólo iba a realizar un trabajo propio metiendo las manos, ensuciándome de verbos y raspando adjetivos innecesarios. 

Siempre he dejado todo para después. He vivido aplazando el momento de sentarme a trabajar hasta que se me entuman las nalgas y me conformé con darle forma a un puñado de cuentos pinchurrientos que me han permitido ir a pasear y comer de gorra con el pretexto de leerlos. Jamás he pensado que viviría de ello, como un chalán no puede pensar que vivirá de resanar una pared de vez en cuando. Después de todo, siempre estaba ahí un mañana promisorio en el que tendría el tiempo y la voluntad de «escribir» en serio. Los eventos diarios y el dolor de huesos en incremento dicen otra cosa, mientras el tiempo que se suponía aún lejos va quedando atrás. 

No hay futuro. Me lo recuerdan la pandemia, la repentina muerte de mi gato, un animal que ya no existe pero me acompaña en sueños y fue resguardado bajo un pequeño geranio que busca aferrar con fuerza sus raíces en la tierra. Me lo grita la primavera que arroja hacia el otro hemisferio la estación en que nací.

Se ha ido el invierno, pero de alguna forma yo sigo instalado ahí. Necesito caminar bajo el sol y separarme de las luces fluorescentes. Sentarme a concluir uno de los muchos cuadernos donde se amontonan notas y dibujos inconexos antes de arrojarme sobre otro. Ya no hay margen para la espera, el siguiente paso es la decrepitud, y la amargura de haber postergado la limpieza interna echando fuera los vocablos que se pudren igual que agua estancada. Algo bueno ha llegado al menos con la lentitud que se instaló en mi comunidad ante el encierro. Lavo mis manos con frecuencia, y sacudo estas palabras lejos de mis dedos.

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