Fusión de la memoria

Imagen: Google Maps

Por más de una década me he librado de arrostrar el peligro tóxico de las contingencias ambientales. Vivo en Cabo San Lucas hace catorce años. Con el tiempo mi cuerpo se ha modificado al punto de no recodar viejos hábitos diarios, como ignorar el humo y la falta de oxígeno al deambular por las calles. No soy automovilista. Jamás aprendí a manejar y mis traslados en la Ciudad de México ocurrieron siempre en compañía de miles de ciudadanos en el metro y autobuses. Nunca tuve problema porque dejaran de circular los coches de uno u otro color, tampoco encuentro desagradable el transporte comunitario.

Comenté hace varios días en Twitter que, si en el futuro el transporte no es colectivo, eficiente y de bajo impacto ambiental, no existirá. El futuro, digo.

Cuando regreso a mi ciudad natal, ya sea que permanezca o vaya de paso rumbo a otro lugar, mis lágrimas fluyen. No es debido a viejas nostalgias, sino por la desventaja que mi prolongada desintoxicación ocular supone. Si el arribo es en vuelo por la tarde, al descender el avión existe la sensación terrible de adentrarse en un entorno oscuro. Después del desplazamiento en un azul extenso y la suave claridad de las nubes, todo contrasta en un brillo opaco. El cielo de la capital es de un azul grisáceo que me recuerda lo escrito por Wassily Kandinsky en Sobre lo espiritual en el arte: «El azul es el color típicamente celeste que desarrolla en profundidad un elemento de quietud, y que al sumergirse en el negro adopta un matiz de tristeza inhumana, se hunde en la gravedad que no tiene ni puede tener fin».

Mis amigos en la Vieja Ciudad de Hierro, así como los turistas que acuden a visitar el destino donde habito, suelen pensar que Los Cabos es un paraíso. Y lo es, desde luego, si otorgamos el nombre del municipio sólo al exiguo territorio que ocupan los desarrollos turísticos y los cada vez más escasos rincones donde hay poca actividad humana. Aquí la contaminación del aire no está entre nuestras emergencias por resolver. Nuestras dificultades son distintas a las de una comunidad tan extensa y densamente poblada como la Ciudad de México, pero también compartimos desafíos impostergables como la escasez de agua potable y el inequitativo reparto de los recursos disponibles. Así tenemos comunidades de palma y asbesto que carecen ya no digamos de infraestructura hidráulica, sino hasta de un camino pavimentado que permita el fácil acceso a las pipas que suministran el líquido; cohabitando con extensos campos de golf siempre verdes, hoteles donde jamás falta el agua, y un desarrollo que en su página web muestra casas aderezadas con fastuosas albercas, además de lo impensable en medio del desierto sudcaliforniano: una laguna artificial de cinco hectáreas. El paraíso conviviendo con lugares donde hay, como en el poema de Samuel Taylor Coleridge: «agua, por todas partes agua, y ni una gota que beber».

Quienes hayan tenido la oportunidad de habitar en dos o más comunidades distintas, quizá compartirán conmigo esa curiosa sensación de pertenencia/desapego que aparece al ir de un lado a otro. Tal vez experimenten también el crecimiento interno de una ciudad imaginaria hecha de recuerdos sobrepuestos de cada lugar donde se ha caminado. En un discurso de 1983 que como nota introductoria se publica en su libro Las ciudades invisibles, Italo Calvino dijo: «Las ciudades son un conjunto de muchas cosas: memorias, deseos, signos de un lenguaje; son lugares de trueque, como explican todos los libros de historia de la economía, pero estos trueques no lo son sólo de mercancías, son también trueques de palabras, de deseos, de recuerdos». Leer la descripción de cada una de sus ciudades con nombre de mujer me llenó de alegría; nunca viajaré a ninguna de ellas, pero eso no impide que las siga recorriendo cada año y me maraville como la primera vez. Ese libro me hizo hallar en la ficción un ancla para lo que me sucedía cotidianamente; así abandoné la costumbre de ubicar con exactitud el espacio físico donde ocurrieron diversas experiencias de mi vida. Intentarlo a estas alturas sería insensato.

Ahora dejo vagabundear mi mente en regiones que mezclan los lugares que conozco o he leído. Para mí la calle de Donceles con sus hermosas librerías de viejo termina en un amplio malecón, y no en el Eje Central Lázaro Cárdenas, como cuando la recorría en la adolescencia. Siempre en busca de tesoros ocasionales, ocultándome de contingencias ambientales que hoy me son ajenas.

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