Lo he contado antes, lo he escrito por ahí: hasta hace poco -bueno, ya no tan poco- no conocía a Andrés Caicedo. No sabía de su existencia. Claro: no soy colombiano, no soy caleño, no estudié ni fui joven en Colombia. Y aquí es donde me quiero detener antes de seguir: no leí a Andrés Caicedo en el momento justo, en ese instante en que «todo estalla», en que uno está vulnerable y a la deriva, pero al mismo tiempo curioso y buscando aliados y hermanos y padres que no deseen matarse.

Alberto Fuguet
Planeta Caicedo

Sin nombre

Mientras escucho «Their Satanic Majesties Request», el único álbum de los Rolling Stones que puedo digerir completo sin hacer ascos a una o dos rolas, engarzo palabras que tenían la ampulosa intención de ser arrojadas a la cara de un editor moreliano que publica en internet «La muerta enamorada». Ya no soy joven. Ese intento debió haber ocurrido veinte, veinticinco años atrás, así que embarro estas palabras sobre el muro facebukiano y las guardo en la soledad del verbo gris y la lengua negra.
Muchas cosas se han pasado así, sin percatarme de ello a lo largo de los años. En la primera lectura al texto del chileno Alberto Fuguet que acompaña un múltiple prólogo a ¡Que viva la música!, coincidí con él en la tardanza con que llegó a mis manos la obra de Andrés Caicedo. Me habría gustado, por cierto, tenerlo cerca cuando viajaba a ciegas por la Ciudad de México y no tenía más ambición que llenar los huecos del día con un texto, una canción poderosa, el espíritu oculto en un frasco, la alucinante intoxicación cromática de Kandinsky o cualquier otro estímulo que me ayudara a llegar al día siguiente. Tal vez en esa primera lectura fue el recuerdo de Parménides García Saldaña el que me hizo pensar que Andrés Caicedo llegó tarde a mi librero. Pensando en cómo el Parme y otros berracos me apuntalaron esos días percibo que Caicedo entraba bien en ese parche, acaso mejor que el Bukowski ibérico de Anagrama que me parecía entonces tan cojonudo y ahora es prescindible. Cabía y era bienvenido desde luego, pero es posible que se hubiera disuelto con los años en la memoria y muy poco quedara de él ahora.

Al parce Andrés Caicedo me lo recomendó una adolescente paisa de quien me queda un grato recuerdo y la guía autógrafa de los libros que a ella le pareció adecuado compartir conmigo. Lo primero que leí fue una antología de cuentos completos y de ahí he saltado a la novela que recibió publicada el día que se suicidó. Imposible dejar de relacionar el acto dramático con su obra. Sin duda, de haber faltado uno le habría tomado más tiempo despegar a la otra, y aunque sería más abundante carecería del halo misterioso que la envuelve hoy.
«Comenzó leyendo cómics -cuenta su hermana Pilar en una entrevista-, el Enmascarado de Plata le fascinaba, El Santo». «Caidedo -dice Alberto Fuguet-, es una suerte de Kurt Cobain literario».
No comparto la idea, pues mientras la obra de Andrés habría adquirido mayor cohesión y peso con los años, la música del Curco habría corrido la misma suerte que la de sus contemporáneos. ¿Queda algo de esa insustancial modita noventera de los sufridos envueltos en camisas de franela?

Como en México hizo el Parme, Andrés condimentó su escritura con canciones de los Rolling Stones; es decir con el ruido más mugriento y andrógino que tenía a la mano. Tal vez para que como Sus Satánicas Majestades, nos preguntemos al leerlo:¿Por qué no cantamos todos juntos esta canción?

 

Yo lo hago sin dudar.

 

Bienvenidos tus comentarios:

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s