Fieles Difuntos

¿Can I have one of those? te preguntó señalando los sustanciosos panes y los cráneos de azúcar que forman un verdadero tzompantli; con no poca tristeza le dijiste no güerito, son pa’ mis muertos que no tardan en llegar. Pero le extendiste un par de caramelos, un vaso de agua, un poquito del dulce de calabaza que adereza con miel y canela tu vistosa ofrenda. El dulce que aprendiste a hacer junto a tu abuela cuando eras inocente como él. Japi Jalogüin, mijo. El pequeño se aleja y entre la multitud puedes verlo desaparecer sonriente.

Te preguntas si tus muertos van a arribar hasta este pueblo enmedio del desierto donde ahora habitas. Si acaso no se perderán, distraídos como todos los turistas cuando se encuentran frente al rumor del mar y la herida blancuzca que sobre su carne azul hiende la filosa luna menguante, supurando destellos hipnóticos. Ellos saben, supones. Pero en el transcurso de la noche has visto cómo entre el humo del incienso y las velas arriban difuntos que no conocen el paradero de sus familiares, si acaso siguen todavía en la localidad. Las personas aquí se van y regresan todo el tiempo. Cambian de domicilio, huyen buscando la propia identidad de vuelta; pensando que se haya en una ciudad de origen a la que ya no pertenecen. El desierto que serpentea entre dos mares los ha marcado a fuego durante los veranos asfixiantes que han trabajado aquí. Esta es tierra de nómadas, de migrantes huyendo a perpetuidad; gringos ancianos que escapan del frío y el tedio tras la jubilación. Mexicanos del centro y el sur que se evaden de la miseria, del desempleo. No pocas veces, ambos de la Ley.

Cuando alguien se acerca, el humo no te permite saber si es un turista atraído por la curiosidad que quiere fotografiarse junto a tu ofrenda; un espíritu agotado que no encuentra el camino, o que acaso no tiene a dónde ir y viaja sólo por que sí; un niño local o extranjero bajo un disfraz que busca dulces; una animita que también quiere participar del festejo y recibir algo sabroso. Son tantos tus muertos que el cúmulo de alimentos, cervezas, licores, flores, cráneos azucarados, pero sobre todo velas que conforma tu ofrenda, no pasa desapercibido ante vivos o difuntos.

Tus invitados no han llegado.

Es la primera vez que levantas una ofrenda desde que llegaste a Cabo San Lucas. En esta esquina de México siempre te pareció que estabas fuera del territorio y te hiciste al modo local limitándote a repartir dulces a los niños diablos, vampiros o superhéroes, a cambio de que no bomardearan con huevos tu jardín. Es la primera vez también que piensas en cuánto se ha incrementado la tasa bruta de mortalidad desde la última ofrenda que pusiste en Tierra Caliente, más al sur de México.

Allá, antes del 2005, apenas había uno o dos muertos extraviados o sin deudos que se acercaban a pepenar algo de lo que dejabas para los tuyos. Se iban agradecidos casi de inmediato, y el resto de la velada transcurría entre amigos y familiares. En el pequeño jardín que como una anomalía redentora te has empeñado en mantener vivo a pesar del brutal castigo del sol veraniego y los ocasionales huracanes, esta noche has recibido la visita de una verdadera muchedumbre que sólo tú percibes. Más que los desorientados que ignoran el paradero de sus familias, te asustan aquellos pobres seres incapaces de saber a dónde ir pues han llegado fragmentados; confundidos en grupos imposibles de diferenciar, porque así fueron arrojados en fosas clandestinas y anónimas donde nadie los encuentra todavía. Acaso no sean individualizados jamás y compartan solidarios el llanto, la esperanza y los rezos familiares, hasta dejar de ser recordados. Te aterran los que siguen migrando hacia el norte ignorando su condición, pues continúan su travesía juntos como cuando subieron a la caja de un camión que ya no existe. Te horrorizan los imperturbables entes que deambulan ateridos, contagiados de un frío imposible en el desierto sudcaliforniano; pues la carne cristalizada de sus cuerpos yace en la caja congeladora de un tráiler. Cráneos de azúcar.

Tus invitados no han llegado.

Enciendes cada vela disponible y llenas más vasos de agua y licores. Van a hacerte falta conforme se deslice el aro menguante de esa luna que recuerda un machete recién afilado. Bebes y brindas con quien se acerque; turista, vecino, o espectro indistintamente. Ofreces dulces, un trago y la mueca amarga de una sonrisa a la que no estás acostumbrado. Te preguntas si tus muertos van a arribar hasta este pueblo. A este jardín anómalo enmedio del desierto donde ahora habitas. Si acaso no se perderán. Ellos saben, supones. Deseando que no sea la vergüenza lo que les ha alejado; mantienendo tu ofrenda -la primera desde que huiste a Cabo San Lucas-, como una cosa lastimera y medio estéril, donde llegan a curiosear los vivos y a pedirte algo los Fieles Difuntos. Recordándote que completos o desmembrados, muchos de ellos tú los debes.

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