Caminar sin rumbo es un gran pasatiempo que ya no practico. La comunidad que habito me asusta por las tardes debido a la mordida feroz del sol siempre en acecho. Las mañanas, ya se sabe, son para dormir. La noche para el trabajo, la vagancia y maratones alcohólicos que tampoco realizo ya. Para andar grandes distancias es necesario un par de botas necias, tiempo y olvido de todo lo demás. Con los años he aprendido a vivir de otra manera influido por el entorno, cualquier calzado me resulta incómodo reduciendo el diario uso a un par de chanclas de plástico. Quizá por ello ahora mis vagabundeos se limitan a los paseos por imaginarias ciudades electrónicas o de papel, a las breves caminatas atado al cuerpo inquieto, serpenteante, de un perrito gris. Sin olvidar a los cada vez más habituales paseos por la memoria de la ciudad origen: la nostalgia es más brava conforme se acumulan los años y los dolores de espalda.
Hoy me valió madre el sol, el calor que se trepa desde las banquetas a los pies ignorando la exigua protección del plástico. Hay calles que no he transitado a pesar de los trece años que tengo habitando barrios de Cabo San Lucas, y por algunos meses, un cuarto en la Cañada de los Perros de San José del Cabo. Estuve pateando un par de horas hacia el fondo de Camino al Faro y viré a la derecha entre calles que, tragando polvo, me recordaron cuando recién llegué a Los Cabos y eran pocas las secciones pavimentadas.

Mientras andaba, recordé el «Viaje sentimental a San Ángel», que escribió Manuel Payno poco antes de mediar el siglo XIX y leí a finales del siglo pasado. La descripción realizada del viaje a través del campo que «es de tres leguas y dura un día», me saltó por el símil de la transformación del terreno bajo el influjo temporal. La última vez que estuve en San Ángel fue hace tres lustros para acudir al teatro. Supongo que ya no es como lo recuerdo, y está aún más lejos del idílico trazo decimonónico hecho por Manuel Payno. Así serán en algunas décadas las calles por las que hoy sudé: sólo un recuerdo del desierto que habrá dado paso a extensas secciones de pavimento, arrostrando cada año las penalidades de sobrevivir temporadas de huracanes que se esconden en un probable futuro.

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Pensé que debemos contar las calles. Realizar crónicas como referencia para las siguientes generaciones que las recorran. Hablar de la violencia y descomposición de una sociedad que con algo de optimismo, no existirán en el futuro. Recordé entonces que Payno no se hizo célebre sólo por sus artículos idílicos, también por dejar testimonio de grotescos actos salpicados de sangre en El libro Rojo, o en su novela Los Bandidos de Río Frío.
Soy optimista: al menos ya no estaremos aquí para comparar con hechos actuales la manera sutil o brutal de exterminio que proyecten pobladores aún no nacidos, o emigrados, a esta comunidad que diario crece como un tumor aferrado a la piel agreste del desierto.

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