Alguna de las brujas que te acechan te infectó durante un sueño con la obligación inaplazable de armar «Las Hadas del rock no tienen un pelo de pendejas y otros cuentos». Por supuesto que será la colección más devastadora que se haya edificado con apenas tres acordes distorsionados sobre una vieja máquina atestada de software libre.
Sólo has terminado «La noche que toqué con Angélica Infante» pero, ¿quién se fija en pequeñeces? Tu cerebro está dos tonos debajo de la afinación estándar y cada palabra es un chingadazo espeso, brutal. No sentirás ningún remordimiento al asestarlas sobre los poco probables lectores que cometan la insensatez de ponerse frente a tus páginas.

Me dará gusto leer la enfermedad que vas pergeñando entre tragos de café, galletas rancias y canciones viejas. Saber que tu cerebro no se ha desconectado del todo después de la última recaída, que quizá hasta puedas terminar esta vez antes de venir temblando a pedirme dinero. Sé que extrañas tus libros, pero están mejor aquí donde puedes leerlos de vez en cuando si el delirio te lo permite. ¿Cuándo has vuelto a ver los que malbarataste en la Lagunilla o en Donceles?
Ya sabes: si encuentras un libro que valga la pena en la calle o dentro de ti, y la malilla te deja, tráelo y te lo compro.

A rockear, viejo.

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Imagen: observers.france24.com

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