El imperceptible paso de los días

Cerré los ojos poco después de las dos de la mañana y el breve parpadeo trajo consigo la luz matinal y una serie de actos mecánicos. Levantarme del sillón y apagar el farolito del jardín, mirar al perro devolviendo el escrutinio desde un lugar lejano del que cuesta regresar cortando el sueño, acercar el pequeño dispositivo plástico desde el que paso las intangibles páginas de tres periódicos y escucho «Kingdoms Disdained»; novedoso y demoledor ataque de Morbid Angel, percatarme de que el breve parpadeo fue uno más en la serie de súbitos oscurecimientos e iluminaciones en los que jamas pienso y van formando un amasijo de días y madrugadas, de años, de esa rara construcción que conforma la vida. El tiempo transcurre y de ello dan cuenta los cambios en viejos hábitos: leer periódicos sin mancharse de tinta, escuchar música nueva que no deja de pertenecer a otra época, escribir a través del pequeño objeto plástico que alguna vez fue especulación fantástica.

No soy consciente del paso de los días, del deterioro del cuerpo ni la sucesión de actos cotidianos, hasta que el peso de la acumulación los hace visibles. Acaso el inicio de un quinto día de lo que apenas hace poco era un año nuevo me obliga reflexionar acerca de la travesía. Tiene ocho años que rompí con toda estructura alguna vez imaginada para un futuro del que esperaba muy poco. En los días de adolescencia no pensaba jamas en casarme. Vaya, por pensar, ni siquiera podía hacerlo en alcanzar la edad que ahora tengo. Diez años hace que conocí a mi mujer, apenas algunos parpadeos.
Pilar trajo consigo sus libros y obsesiones, su música, su historia. En el departamento que yo habitaba se amontonaban también algunos libros, manías, compactos, mi propia historia; era un sitio hueco que transformamos en un hogar portable del que hemos armado distintas versiones. A menudo mientras ella duerme yo leo alguno de aquellos viejos amigos que me han acompañado por décadas, de los que ella trajo y se convirtieron en parte de mi historia, o de los que juntos hemos ido descubriendo y disfrutando. Vamos así por diversos lugares, realizando hallazgos en caminatas llenas de asombro.

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Durante las conversaciones que sazonan nuestra mesa me he aficionado a indagar en su niñez, a seguirla mientras va a la tienda para comprar queso y vuelve a casa para entregar a su madre la cantidad que requiere, pues previsora, le ha pedido que compre un poco más; sabiendo que el camino es largo y que la única manera de vencer la tentación es cediendo a ella.

El pasado se ha enriquecido con las anécdotas y aprendizajes que vamos intercambiando, la memoria adquiere nuevas dimensiones, la vida se extiende. Nuestros días se acumulan en silencio sin notarlo hasta ser suficientes para caer estrepitosamente, desbordados por la inercia de los actos cotidianos. Ha sido un gran viaje a través de diversas lecturas y territorios que quiero seguir contando. Espero que no termine pronto.

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