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No hay ruido en la calle ni están presentes los combates de los gatos callejeros, o el habitual escándalo que hacen los perros en las casas vecinas durante sus insistentes rondas de vigilancia. Muy lejos se deja oir un gallo que hace recordar el porqué de las leyendas creadas en torno a su voz. Puedo imaginar un incauto basilisco caer muerto al final de ese canto lejano antes de volver a la realidad mediante el anclaje sonoro del refrigerador, que alterna los intervalos de obediencia termostática del motor con periodos de descanso.

Imagino.

Quiero pensar que no será esta una noche extraordinaria. Que a partir de hoy el silencio apenas interrumpido por distracciones auditivas insignificantes será la regla, pero sé que en cuanto el fin de semana se acerque y la modorra general que el día festivo reciente desaparezca, la calma desaparecerá. ¿Cómo desperdiciar el regalo del silencio derrochando sus bondades en el sueño? Mejor es abrir bien los ojos y los oídos, percibir la calma inhabitual y abandonarse a la contemplación.

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