Al final del invierno

En el salón del ojo del sueño mineral

hay una muchacha con senos de esmeralda

que estudia mapas astronómicos

bajo la luz dormida de los pájaros.

Emiliano Gonzáles

 

A los quince años, hacer mofa del manido argumento que encontrabas en cuentos y novelas herederos de Josephine Mutzenbacher y Lolita, resultaba sencillo. Sonreías cuando en el suplemento sabatino del periódico hallabas variaciones del mismo tema: un profesor universitario se enamoraba, o era consumido por la calentura generada en la carne firme de una joven alumna. Carajo, a ti en el bachillerato te tocó presenciar el corrosivo veneno Humbert Humbert disolviendo los viejos huesos de un profe de física que hoy recuerdas con lástima; pero del que entonces te burlabas cada que su alumna predilecta se acercaba por consenso del grupo a su escritorio para humillarlo con las preguntas más estúpidas, que desde luego, respondía con la expresión alegre de un perro ante la expectativa de la correa antes del paseo.

Cada sábado aparecía un cuento con la misma trama dedicado a alguna nínfula o joven post adolescente, emulando el motivo lúbrico de Vladimir Nabokov; la pornográfica pluma de Felix Salten, que dio vida a la pequeña prostituta austriaca y al ciervo huérfano después explotado por los estudios Disney. En algún punto de tu voraz dieta libresca, leerías «La casa de las bellas durmientes» de Yasunari Kawabata; y décadas después el texto que Gabriel García Márquez publicó en homenaje a esa novela y a ti te parecería tan aburrido, rudimentario comparado a otras obras del escritor colombiano, y a la que pretendía honrar del autor japonés. Acumulaste cientos, miles de lecturas con los años; y ante cada vuelta literaria que te llevó a su encuentro, el tema te iba pareciendo menos irrisorio.

Tu dedicación te convirtió sin que lo planearas excesivamente en la criatura de la que tanto leíste -y te mofaste- en la adolescencia. Una mañana después del desayuno, la ducha tibia, y las dos horas detrás del volante rumbo a la facultad, te percataste de la metamorfosis. El aula en la que te encontrabas había perdido la dimensión; situado frente al grupo, aparentemente integrado a él, te sabías extranjero; tu ropa, lenguaje y movimientos, te mostraban distinto a los jóvenes miembros de la clase. Entonces sobrevino la catástrofe: la frescura de una joven discípula se introdujo en tu rancio inventario de obsesiones, desde la inconveniencia de una distancia cronológica insalvable. Habría parecido inmadura aun como compañera de cualquiera de tus dos hijos.

En días días laborales, los pequeños intercambios verbales dentro de la apropiada relación pedagógica trajeron el suplicio de las coincidencias. Como tú, ella era cortazariana de corazón; aunque su colección distaba mucho de atesorar un libro firmado por el querido Julio, fallecido décadas antes de su nacimiento, como el que una tarde le mostraste con deleite. Pusiste en sus manos, rozándolas apenas, tu copia de «Las armas secretas» ostentando una breve dedicatoria y el autógrafo que ella nunca habría soñado. Charlaron, declarándose como millones de seres en el mundo -aunque a ti te pareció una señal de encuentro cabalística-, fanáticos de «El perseguidor». Cuando intentaste invitarla a escuchar la colección de jazz que tanto te enorgullece, que tantos años te ha costado reunir, no pretendió siquiera disimular un gesto despectivo. La sonrisa conciliadora que le siguió al notar tu desencanto no consiguió animarte; esa música para viejitos no le atraía ni siquiera un poco.

¿Cuántas veces después de aquel desaire intentaste inútilmene acercarte a ella? Pensabas en la posibilidad de un café al terminar las clases, en ofrecerte a acercarla a su casa; tal vez obsequiarle alguna de las rarezas que envejecían en tu biblioteca, y sin duda obtendría una vitalidad novedosa en el espacio juvenil que ella habita. La imaginabas desnuda junto a ti, y bastaba esa imagen para desistir. Imposible establecer la armonía entre la firmeza de su vientre, con el pellejo circundante a tu grasa abdominal. Qué agravio aproximar la rugosa corteza que te contiene, al terreno afrutado de su piel. A menudo en su presencia frotas nerviosamente tu mano sobre la superfice estéril del cráneo, paseas los dedos en la extensa barba con que los calvos suelen fanfarronear compensando su triste condición; siempre imaginando cómo sería hundirlos en la espesura que cae sobre sus hombros.

Aun si ocurriera el milagro, y contra todo pronóstico te aceptara como amante, ¿te presentarías ante ella para entablar batalla con ese miembro enteco que los años te han dejado? Mientras te bañas piensas en el ucraniano Víctor Tolstykh; te preguntas cuál es su condición, de qué forma complace a su alumna, la joven Peschcherova. Para ti él representa eso que en México, lejos del hielo ruso, llaman galán otoñal; pero tú te encuentras desafortunadamente al final del invierno. Con la mano desdichada que ha dado vuelta a miles de páginas, que en la academia muestra sin recato el nerviosismo que te invade ante la joven alumna, intentas rescatar tu verga del naufragio. Es inútil. Las melancólicas manchas sobre tus dedos te derrotan.

Bajo la regadera, detrás de los párpados caídos, va naciendo la certeza de que no acudirás a impartir tu clase; quizá sólo por hoy. Sientes que la vida se te ha escapado. Ante eso, no hay literatura que valga.

 

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